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Lo esencial es invisible a los ojos

Por Comunicaciones - junio 11, 2021
Lo esencial es invisible a los ojos

Esta es una historia de amor. De esas que empiezan bailando. En la fiesta de la Santa Cruz, en el caserío el Cardo, uno de los pueblitos menos accesibles del distrito de Casitas, en Tumbes, Don Alejandro y Doña Rosa se conocieron bailando marinera. Al poco tiempo se casaron y tuvieron dos hijos. Entre la crianza de animales como cabras, chivos, y la siembra de yuca y plátano, eran felices, el amor parecía vencer los años malos. Hoy Don Alejandro tiene 88 años; hace 12 que perdió la vista, pero no la sonrisa. Ella lo lleva de la mano montado en un burro por el campo; y él recuerda, con el rostro luminoso, los tiempos en que cabalgaba hasta Máncora en busca de víveres, en tiempos difíciles.

–Tengo que ir a Máncora.

–¿Con estas lluvias?

–No tenemos de otra…

Don Alejandro y Doña Rosa solían sonreír todo el tiempo. Pero ahora sus miradas estaban ensombrecidas. Era 1983 y el fenómeno El Niño se había ensañado con el norte del Perú, como suele suceder. Don Alejandro montó en su caballo y recorrió, durante dos días, caminos agrestes, bajo un calcinante sol, por momentos, bajo la lluvia, por otros, con un caballo sufriente cuando sus patas se hundían en el barro que los huaycos habían dejado a su paso.

Don Alejandro Cruz Olaya y Doña Rosa Cruz de Cruz, constituían un matrimonio hogareño. Rara vez salían del Cardo, el caserío donde vivían desde siempre, uno de los pueblitos menos accesibles del distrito de Casitas, en Tumbes. Regresó al Cardo con los víveres, victorioso, y a Doña Rosa le brillaron los ojos cuando entro a la casa, él era el amor de su vida, claro que sí. Esa fue la última vez que Don Alejandro hizo una excursión en caballo.

Se conocieron en la fiesta de la Santa Cruz que sucedía en el mes de mayo, en el mismo Cardo, bailando marinera. Al poco tiempo se casaron y tuvieron dos hijos. Entre la crianza de animales como cabras, chivos, y la siembra de yuca y plátano, eran felices, el amor parecía vencer los años malos.

Dicen que los ojos y las miradas son el espejo del alma. ¿Pero qué sucede cuando la visión de una persona buena empieza a menguar, día tras día? ¿El alma queda agazapada en su cuerpo sin posibilidad de volver a asomarse al exterior o de expresión alguna? Don Alejandro se quedó ciego hace doce años pero nunca perdió la alegría de vivir, y su alma se expresa cuando abraza a Doña Rosa; o cuando ella lo lleva de la mano montado en un burro por el campo. Ahora es ella, con 71 años a cuestas, la heroína; él tiene 88 años.

“Lo más difícil en la vida es… Hemos vivido muchos años malos, pero cuando venían nuevamente los buenos, de vuelta empezábamos a criar animalitos… Recuerdo cuando iba a Máncora en busca de víveres, en el fenómeno El Niño, en caballería, sí… ¡Dos días para llegar a Máncora!… Lo más hermoso que nos ha dado Dios es la vida, es estar acá, a pesar de que ahora no veo nada”, dice Don Alejandro. Y Doña Rosa, enérgica, riendo, añade: “¡Yo le pediría que me dé más vida! ¡Quiero vivir más!”.

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